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sábado, 19 de septiembre de 2015

Aleatorio


Parece que ando a destiempo, con el punto fijo en la colina que está al otro lado del valle, y  a veces ni eso, que solo estoy de paso, como un turista que no piensa quedarse mucho tiempo en esa ciudad de la que se ha quedado prendado porque tiene estabilidad en otra parte, porque todas las playas y los rompientes no son suficientes para hacer que renuncie a su apartamento del centro dónde el ruido está a la orden del día y duerme cuatro veces por semana. Las torres, las ruinas y las calles de piedra no compensan el frío de cara cuando llega el invierno, que hace mucho, los lagos se congelan, las estufas se rompen y los quitanieves tienen tanto trabajo que nunca es víspera de navidad, tormentas, truenos y relámpagos. La primavera en cambio, es todo lo que un cuerpo pudiera desear, cálidas brisas que traen consigo todos los deseos que nunca habrías encontrado en tu cabeza, rayos de sol a través del cristal de mi ventana y se lleva el pelo entre mojado para que esta ciudad haga lo que quiera, lo que le apetezca y lo que más desee con él, porque será lo que yo más desee también.

Parece que estoy de paso, pero me he fijado en que ningún día es igual, el tiempo nunca es el mismo, las estaciones cambian cada semana, y los días festivos son un día cualquiera. Nada estable, y tanto que sé que en un callejón de la avenida principal estás escritos nuestros nombres en lápiz, y hay que escribir encima con frecuencia para que no se borre. Escribo veintiséis veces al día, que es mucho más que “con frecuencia”.

Quisiera volver al ruido, a la rutina, al pequeño apartamento con todo a mano, pero es que, no quiero. Prefiero la inmensidad en la que se comprimen los buenos y malos tratos, el horizonte tan incierto como el día de mañana, ya que el mar nunca ha estado tan calmado como ahora.

jueves, 27 de agosto de 2015

Sin márgenes


Quiero vivir en cualquier sitio del mundo, donde no haya márgenes en las libretas, y cualquier lugar sea bueno para pintar con los dedos nuestros nombres en una pared blanca, escribir en todas las fachadas las letras que me salen de las orejas con una pluma y un pequeño bote de tinta y tirarse en cualquier suelo de carretera, besarse en medio de la autopista y parar el tráfico, porque todo el mundo entenderá que cualquier compromiso que tengan, cualquier entrevista de trabajo, o cualquier agenda apretada no es comparable con las ganas que nos tenemos en ese preciso instante. Que la vida siga todos los años que quiera, que nosotros nos quedamos en la autopista, mientras los coches pasan y nos atraviesan, porque no hay nada mejor que hacer en esta ciudad que tumbarse en este suelo de hormigón y ver amaneceres una y otra vez, todos tan distintos, no perderse ninguna de las emigraciones de los pájaros y encontrarse bajo la lluvia eternamente, que sea lluvia y no lágrimas.

Quiero ir allá donde no existen los pintalabios, y perdernos sea la costumbre de todos los días, donde el agua se beba directamente de las manos y no se escurra, y las cicatrices de dentro se curen más rápido que las de fuera. Decir adiós a los envoltorios pesados, a los días que se terminan y a los desastrosos días que empiezan, pero sobre todo a mi absurda obsesión de no querer decir que me da igual el maldito lugar en el que estemos y que quiero que seas todas las gotas que colmen mi vaso y me hagan enfadar.

Estoy harta de los sonidos cargantes y forzados, de las ciudades cuadradas, de no ver el horizonte, de la radio, de los anuncios y de las playas artificiales. Total, yo me conformo con el leve sonido de una guitarra y una pequeña parcela de la arena donde poder sentarse. Me fastidia tanto dramatismo, tanta luz dentro de las casas, tantas casas y tan pocos hogares. Que a mí me basta con la luz tenue de una farola medio apagada y un colchón de más de diez años. Me pone enferma tanto romanticismo para después dormir en camas individuales, las historias perfectas, los amores de verano, rodeados de un marco de flores y estrellas que se van a los dos meses, las flores, las estrellas y las canciones cursis. Que a mí me sobra, ya sabes. Contigo.

lunes, 13 de julio de 2015

Arrojar


Otra vez el tiempo, y su interminable espera, escusas transformadas en minutos y horas, sin ninguna consciencia de que, en realidad no importan nada, ni los relojes de bolsillo, ni los de cuerda, ni los caros que solo te pones en ocasiones especiales.
Arrojémoslos todos por la ventana, y tiremos el tiempo por la borda, que lo que realmente importa es el hoy, el mañana que no va a pasar y los futuros segundos que son ahora. Arrojémoslo todo desde un décimo piso, todo menos lo nuestro, para que se haga pedazos y solo quede lo que realmente importa. Arrojemos las apariencias y todas las frases que decimos sin pensar con el corazón, el miedo a decir en voz alta y sobria cuantas veces me cambio antes de ponerme una blusa, la inseguridad por no hacer que sientas lo mismo, todas las canciones que escuchamos pero no nos gustan, las modas pasajeras, lo que pasa por equivocación, y por equivocación no vuelve a pasar más, los osos de peluche, las flores, los bombones, el día de San Valentín, las cenas en sitios caros, y los días de color rosa, arrojemos todas las películas que tienen el mismo comienzo y el mismo final, las camas desechas de solo dormir, los mensajes que no llegan porque “yo soy más fuerte que tú”, los paseos por un parque lleno de amapolas, el otoño de color marrón y las primaveras de todos los colores.

 Y cuando todo se haya hecho añicos, quedaremos nosotros, sentados en la escalera de un portal con tan sólo la luz tenue de una farola y Dire Straits sonando en mi cabeza, peo en ningún sitio más, entonces todo será tan verdadero que me parecerá un delito no contarte mis más preciados secretos, pero aun así me callaré como hago siempre, para no darte razones para apagar esa farola.

Es que al fin y al cabo, solo somos dos personas a la deriva rodeadas de todos los recuerdos que se nos han pegado al cuerpo, con demasiados envoltorios y el miedo a flor de piel.

sábado, 4 de julio de 2015

0 billetes

Vuelvo años atrás de nuevo, como cada verano, escucho esas canciones repetitivas que me recuerdan lo que era, lo que no estoy siendo, y sobre todo lo que de verdad soy.
Cada mañana intento recordar que es lo último que pienso antes de dormir, pero siempre, siempre, me quedo dormida.
Llevo meses nadando en una nube de espuma rígida que ahora odio con toda mi alma.
¿Por qué perder el tiempo de esa forma?
No quiero ni una nube más en mi vida, ni billetes de tren que me alejen de mis canciones, ni cualquier medio de transporte que me destierre del sitio al que pertenezco, porque dejarse llevar está bien, a veces, a menos que lo que te lleve no sea una suave brisa, si no que sea una brusca corriente de agua.

jueves, 25 de junio de 2015

Aparentemente

 
Noches largas de calor en las que los caracoles nos comen enteros, en las que "nadie" sabe lo que hace por que "nadie" está para recordarles que es lo que son en realidad, noches en las que se ha perdido toda la esencia y solo queda una resacosa realidad de la que "nadie" puede escapar.
La tristeza es acumulativa y los días en los que estamos tristes sólo son visiones completas de lo que no queríamos ver, un marco de angustia e insatisfacción, de conformismo y sobretodo de heridas en los brazos.
Soy tan transparente, aparentemente, que "nadie" tiene ni idea de lo que ocurre en mis entrañas, porque si lo supieran me caería tan a pedazos que solo se distinguiría los diferentes colores entre mis huesos y mi piel. Un espejo de doble fondo que tan solo quiere comprensión o incomprensión.
Muy joven para tener tantos años encima.
Envuelta en una capa fina que no me deja pensar en nada más a parte de en lo bien que me siento, rodeada de un confuso "paso" que no deja a flor de piel nada de lo que ocurre dentro, pero que puede romperse en cualquier momento. Estoy segura de que no se romperá, porque para eso he estado años y años de preparación.
Y es que, "nadie" tiene nombre.

                                         

domingo, 5 de abril de 2015

Mi canción preferida

Tu olor se queda en mis dedos cada noche cuando te despido, y me quedo casi toda la noche con los dedos pegados a la nariz. Me cuesta encontrar un libro que me guste al completo, pero todas tus páginas están escritas a la perfección, con diferentes aromas en cada capitulo, pero todas digas de estar en las tiendas más cara de perfumería.
Eres mi canción preferida, triste cuando estoy triste y feliz cuando se merece, el ritmo que no se va de mi cabeza y la frescura que siempre intento recordar.
Como una primavera precipitada, así eres, como el primer sorbo de agua para el sediento, o una chimenea por debajo de 0 grados. Fuego, luz y calor en situaciones extremas.
Querida canción preferida, te quiero porque podría escucharte todas las horas de mi vida y me quedaría con las ganas de escucharte una vez más.
Mi pentagrama favorito, con esas notas tan afinadas, colocadas perfectamente, interminables que siempre dejan ganas de más.
Y más.
Y más.